Después de años de relativa calma tras la caída del Muro de Berlín, el presidente Donald J. Trump ha puesto en duda supuestos clave del modus operandi posterior a la Segunda Guerra Mundial y muchas de las instituciones que Estados Unidos ayudó a construir, contribuyendo a cambios en los balances globales de poder y al aumento de tensiones geopolíticas derivadas de conflictos armados. Hoy, la geopolítica afecta las realidades locales en todo el planeta y se ha convertido en un factor que no puede ignorarse al analizar tanto la política estadounidense como la evolución de las políticas públicas a nivel global.
La discusión sobre “El papel de Estados Unidos en la reconfiguración del sistema político global”, durante el evento U.S. Policy Outlook en la Ciudad de México, se centró en la decisión del país de alejarse de los enfoques multilaterales tradicionales, de la ortodoxia del libre comercio y del respaldo a la democracia, para avanzar hacia una forma de relaciones internacionales transaccional y basada en el poder, que combina política industrial y proteccionismo. Este giro de 180 grados tiene repercusiones para el futuro del propio país, así como para sus vecinos, aliados y adversarios.
America First es una visión unilateral basada en el enorme poder económico y militar de Estados Unidos, con una narrativa profundamente arraigada en una fuerte concepción del excepcionalismo estadounidense. La administración Trump considera que, tras la Segunda Guerra Mundial, los aliados europeos se aprovecharon de Estados Unidos y que organizaciones como la hoy desaparecida USAID brindaron asistencia que, desde la perspectiva de la administración, no generó retornos estratégicos. Parece que el valor percibido del soft power como mecanismo para ganar influencia y ejercer liderazgo se ha reducido significativamente.
Irónicamente, el presidente Trump fue elegido con una plataforma doméstica enfocada en hacer la vida más cómoda y asequible para el trabajador estadounidense promedio; sin embargo, desde que asumió el cargo en enero de 2025, se ha concentrado fuertemente en la política exterior. La guerra en Irán y el aumento de los precios de la energía y los alimentos sin duda debilitarán aún más el apoyo público hacia el presidente y sus múltiples distracciones en política exterior.
Este año comenzó con una serie de acontecimientos disruptivos y desde entonces ha habido poco alivio: en enero se intensificó la crisis política en Venezuela; a finales de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron operaciones militares en Irán y Líbano, un conflicto que continúa sin resolverse; en marzo, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés) reportó que el territorio continental de Estados Unidos experimentó el mes más caluroso jamás registrado; y en abril, la economía global enfrentó nuevos choques energéticos
con precios del petróleo por encima de los 110 dólares por barril, mientras que el FMI redujo sus perspectivas de crecimiento global, subrayando crecientes presiones inflacionarias. El panorama sigue siendo altamente incierto.
¿Qué podemos esperar de la política exterior estadounidense en el corto y mediano plazo? Más de lo mismo. La competencia con China probablemente seguirá siendo una prioridad bipartidista en Estados Unidos, y la mayoría de las estrategias buscarán limitar que otros países formen alianzas con China. La seguridad económica es una prioridad central, y ello se traduce en reducir vulnerabilidades en las cadenas de suministro y fortalecer vínculos con países más cercanos geográficamente.
Como quedó plasmado por la Casa Blanca en el corolario a la Doctrina Monroe de diciembre de 2025, la administración Trump considera al continente americano en su conjunto —de Canadá hasta Argentina— firmemente dentro de la esfera de influencia de Estados Unidos, un mensaje apenas velado hacia China y hacia aquellos países que podrían buscar estrechar vínculos con la potencia asiática.
¿Nos dirigimos hacia una nueva versión de un mundo bipolar, con esferas de influencia divididas entre Estados Unidos y China, o podría emerger un mundo multipolar bajo una visión similar a la expresada por Mark Carney, primer ministro de Canadá? Aún es demasiado pronto para saberlo, pero las potencias medias alrededor del mundo observan de cerca la postura confrontativa de Estados Unidos y se mueven rápidamente para diversificar sus alianzas. Las alianzas creativas no tienen que centrarse únicamente en el comercio. La cooperación en áreas como la transición energética, el medio ambiente, la educación, la inversión y la migración también debe considerarse como ámbitos de colaboración estratégica.
Es imposible saber con certeza qué depara el futuro en este momento turbulento, pero la necesidad de pensar creativamente y de mirar más allá de lo que antes entendíamos como “las reglas del juego” puede ayudar a los países a protegerse frente a una concentración excesiva de mercados. Para México, la relación con Estados Unidos seguirá siendo prioritaria, pero ¿eso significa que no debería buscar activamente la diversificación como una prioridad de mediano y largo plazo? Parecería que permanecer pasivo frente a estos cambios globales no es la mejor estrategia si México espera aprovechar las oportunidades derivadas de la actual reconfiguración geopolítica y económica.
1. Senior Fellow for the U.S. and North America, COMEXI













