La estrategia de vacunación sí importa desde el punto de vista económico y social

  • El criterio, tanto de salud pública como de efectividad del proceso, debiera ser vacunar a los más expuestos, no necesariamente a los que son más vulnerables una vez contagiados.
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No cabe ninguna duda sobre la importancia que la vacuna tiene en el combate a la pandemia. Es innegable el éxito en su obtención y cobra mucha relevancia el proceso de vacunación para generar los mayores beneficios posibles. En este enfoque, la estrategia de vacunación es muy relevante.

Es incuestionable que los primeros en ser vacunados deben ser todos aquellos que están en el combate a la pandemia en el sector salud, sin distinción de si es público o privado. En este universo deben incluirse no solamente médicos y personal directamente relacionado con la atención en materia de salud, sino a todos aquellos que conviven en ese ecosistema y que están por ello expuestos. Me refiero a empleados de limpieza, vigilancia, laboratoristas, radiólogos, tripulantes de ambulancias; en resumen toda la población que tiene que estar en centros de salud, covid o no covid.

Una vez concluida esa fase existen diferentes maneras de continuar con este enorme esfuerzo. El objetivo fundamental es que la estrategia de vacunación contribuya a minimizar los efectos del virus en materia de salud y en lo relativo al impacto sobre la capacidad productiva del país y con ello en la situación económica de las personas y las familias.

Me parece que el objetivo debe ser disminuir el número de muertes a través de abatir el número de contagios; éste debe ser el indicador más relevante; la pandemia va a ceder en la medida que existan menos contagios y para ello debieran ser vacunados primero las personas que estén en mayor riesgo de contagiar y de contagiarse.

Claramente este riesgo está concentrado en aquellos sectores de la población que no pueden permanecer en sus casas debido a que no tienen las condiciones económicas necesarias para ello. Esta población está ubicada principalmente en las grandes ciudades y en personas relativamente jóvenes, menores a 65 años.

Es en ese segmento de la población donde se han dado la mayoría de los contagios con o sin síntomas, y las muertes, personas que salen a trabajar porque no tienen otra alternativa y regresan a sus casas y contagian a los que ahí cohabitan, ellos debieran ser el segmento prioritario, contrario a lo que el gobierno está proponiendo de ir primero con los adultos mayores en comunidades aisladas, que es donde, hasta ahora, existe un menor riesgo de contagio y donde la vacuna generará el menor efecto en la población.

Entonces el criterio, tanto de salud pública como de efectividad del proceso, debiera ser vacunar a los más expuestos, no necesariamente a los que son más vulnerables una vez contagiados. Una persona joven que tiene que salir a ganarse la vida tiene un mucho mayor riesgo de contagiarse, y si bien el riesgo de muerte de esa misma persona es muy bajo, no lo es el de los que cohabitan con él y ahí es donde puede darse, y de alguna manera se está dando, una catástrofe. La definición de vulnerabilidad debiera cambiarse entonces, no por la probabilidad de muerte sino por la de contagio en uno y hacia los demás.

Esta diferencia tendría un impacto muy importante en paliar el impacto en la economía ya que permitiría “abrir” más empresas al tener vacunados a los trabajadores sin importar su edad, sería una manera de mejorar la seguridad en esos establecimientos que podrían recuperar su actividad más pronto que con la estrategia propuesta por el gobierno. Deberían las empresas entonces tener la posibilidad de adquirir las vacunas e inocular a sus empleados, teniendo el incentivo de que así podrían abrir libremente con garantías de seguridad hacia sus clientes, proveedores y trabajadores.

Se habla por ejemplo en estos días de los restaurantes que tienen un impacto muy importante en el empleo y por ende en la economía de las familias. Hoy están cerrados. Qué pasaría si los trabajadores de dichos establecimientos estuvieran vacunados, no tendrían riesgo de contagiarse ni de contagiar a los demás. Los ciudadanos podríamos asistir con un menor riesgo a esos lugares y se empezaría a mover la economía de ese importante sector de actividad económica. Al regresar a sus casas, la mayoría en transporte público, no correrían el riesgo de contagiarse ni de al llegar contagiar a los suyos.PUBLICIDAD

En síntesis, la estrategia debiera ser una que permita el más rápido descenso de los contagios a la vez que habilita la reapertura de la economía. Los incentivos están alineados, se disminuye la probabilidad de contagio porque esas personas de todas maneras van a salir a buscar su sustento, a la vez que se reactiva la economía al ofrecer espacios más seguros para su desarrollo. Entonces sí, los que se puedan quedar en sus casas que lo hagan, pero ya sin correr el riesgo de contagiarse a pesar de ello porque algún miembro de la familia tiene que salir a buscar el sustento.

Seguramente existen otras alternativas para la estrategia en cuestión, pero me parece indispensable que se tome en cuenta la realidad de nuestra sociedad y que se atienda a ambas pandemias a la vez, la económica y la sanitaria. Creo que la estrategia aquí esbozada generaría mayores impactos tanto en lo sanitario, disminución de contagios y su posterior reducción en muertes, a la vez que permitiría una más pronta reapertura de la economía con los beneficios evidentes que esto conlleva.

Una estrategia de vacunación así se convierte en una manera de ayudar a que el daño en las capacidades productivas de la economía sea menor. Atenuar el daño también es estrategia. Esperar a que la pandemia termine para pensar la estrategia de recuperación económica, como afirmó el secretario de hacienda, no atiende con la debida urgencia y oportunidad al daño que está ocasionando.PUBLICIDAD

Juan Ignacio Gil Antón Estudió la Licenciatura en Economía en el ITAM. Fue Director de Seguros Corporativos de GNP y Presidente del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP). Ocupó diversos puestos en el Gobierno Federal antes de su incursión en el sector asegurador, en 1989, como Vicepresidente y Liquidador de la Aseguradora Nacional Agrícola y Ganadera. En 1991, ingresó a la CNSF de la que fue Presidente de 1994 a 1998. Impartió clases en el Departamento de Actuaría del ITAM en 1998 y en 1999 ingresó a GNP. De 2008 a 2011 fue presidente del Comité Ejecutivo de la AMIS. Desde 2008, ha sido miembro de la Comisión Ejecutiva el Consejo Coordinador Empresarial.

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