Siempre tendremos París: hagamos del T-MEC un Tratado Verde

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Quien haya tenido a suerte de ver “Casablanca” al menos una decena de veces, recuerda dos frases legendarias: “Siempre tendremos París” y “Tócala de Nuevo, Sam”. La primera se refiere a la despedida sensible entre Rick e Ilsa, cuya separación es inevitable pero al menos conservan los recuerdos idílicos en París, la Ciudad de la Luz. La última alude al momento en que Rick le pide a Sam, pianista de su Café Americain, que toque la canción de éstos, aunque invoque recuerdos dolorosos.

Hasta estas líneas, cabría preguntarse qué tendrían que ver con los tratados que se enuncian en el título de este texto con estas frases legendarias. Sin embargo, las hallamos emblemáticas de la encrucijada ambiental en la que se sitúa el mundo y dentro de él, América de Norte. Es decir, podemos tener por siempre el Acuerdo de París (más que el “recuerdo” del mismo), o bien podemos seguir como Sam, en la misma tonada, por los siglos de los siglos, en el mismo patrón de incumplimiento de las obligaciones internacionales que hemos suscrito.

A diferencia de Estados Unidos, que no suscribe casi ninguno, México es un país con un entusiasmo constante y vehemente de firmar los acuerdos internacionales que le pongan enfrente. Por otra parte, en materia de medio ambiente y derechos humanos nuestra adhesión a los compromisos ha dejado que desear. Sin embargo, esta vez los compromisos de México con el combate contra el Cambio Climático podrían provenir de dos instrumentos de derecho internacional: el T-MEC y el ya mentado Acuerdo de París. ¿Cómo? Mediante la inserción de los puntos más relevantes del último al primero. ¿Para qué? Con el fin de crear una sinergia entre lo comercial y lo ambiental. Tal vez así América del Norte en su conjunto comience a tomar el cambio climático, y sus consecuencias funestas, con la seriedad debida.

Estados Unidos ya volvió a París y al igual que Canadá ve con buenos ojos la inclusión de los puntos torales del Acuerdo, los cuales tocaremos de nuevo como la canción de Sam: contener el aumento de la temperatura del planeta por debajo de los 2C  respecto de los niveles industriales, para lo cual las emisiones deberán culminar lo antes posible. Para efectos de transparencia, todos y cada uno de los países parte deberán comunicar su aporte a la reducción de emisiones las cuales deberán ser cada vez mayores. Para garantizar la viabilidad financiera de estas obigaciones, se deberá fondear una meta mínima de US $100,000 anuales que se aplicarán de manera equilibrada entre mitigación y adaptación, la cual consiste en el fortalecimiento de los medios para reducir la vulnerabilidad a los impactos del calentamiento global. Para ello, los países más desarrollados deberán asumir su responsabilidad histórica, mediante compromisos de apoyo e indemnizaciones que aún no están determinadas. También se desarrollarán mecanismos de transferencias de tecnologías menos contaminantes y la obligación de publicar un inventario de emisiones por país para corroborar los avances logrados.

Finalmente, y como llamada de atención para nosotros los siempre tan entusiastas, pero no menos incumplidos, el Acuerdo de París es VINCULANTE, es decir OBLIGATORIO. Las raíces etimológicas de las palabras “vinculantes” y “obligatorio” remiten a algo que encadena, que obliga; es algo de lo que no podremos escapar sin incurrir en alguna sanción, dependiendo de la gravedad de nuestra falta.

Con lo que conocemos a este gobierno, y si nuestros vecinos nos ponen contra la pared para llevar a cabo estas inserciones al T-MEC, es posible que México, otra vez alegremente, firme de conformidad para no sufrir sanciones comerciales ni arbitrajes de inversión por nuestros yerros ambientales. Empero, el incumplimiento podría ser inminente. Los cambios recientes a nuestra legislación eléctrica no marcan un camino hacia la reducción de emisiones, además de que este gobierno legisla y aplica recursos para lograr exactamente lo contrario.  ¿Y en materia de transparencia? El presidente siempre tendrá “otros datos”.

Ojalá Canadá y Estados Unidos presionen lo suficiente para que sea posible la inclusión de los puntos torales del Acuerdo de París en el T-MEC, en la medida en que sean susceptibles de ser cumplidos por nuestro país, tan golpeado por factores externos y por los topes que solemos dar contra nuestros muros.

Y si no accedemos, adoptamos y mejoramos nuestras políticas ambientales, tal vez solo nos quede el recuerdo de París al despedirnos de nuestros socios comerciales.  Tócala de nuevo, tío Sam.


Miriam Grunstein Dickter es profesora investigadora titular del CIDE. Estudió la Licenciatura en Derecho en el ITAM, y la Licenciatura en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Nuevo México; además es Maestra y Doctora por la Escuela de Ciencias y Artes de la Universidad de Nueva York.

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