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Trabajo no remunerado, transferencias monetarias y el salario rosa: las consecuencias más allá del ingreso

  • Que transferencias como el salario rosa sean dedicadas a mujeres no necesariamente implica que sean elaboradas y evaluadas desde una perspectiva de género, mucho menos que todas sus implicaciones sean positivas.
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Ilustración: Eréndira Derbez

Hablar de políticas públicas con perspectiva de género es hablar de esfuerzos enormes, constantes y necesarios que van más allá de colores, estereotipos y “remedios” a corto plazo. Es hablar de medidas que busquen combatir, desde la raíz de las estructuras, las dinámicas de exclusión y discriminación, en vez de sólo intentar poner un curita a problemas tan grandes de desigualdad.

En México han existido algunos intentos de programas con perspectiva de género. Uno de los casos más recientes es el programa “Familias Fuertes Salario Rosa”, el cual surgió como promesa de campaña de Alfredo del Mazo en 2017 y planteó la idea de una política pública que reconociera las labores no remuneradas de las mujeres dentro del hogar. Y aunque a simple vista una transferencia monetaria que retribuya dicho trabajo del hogar –estructuralmente ignorado, minimizado y no valorado– puede parecer una solución con perspectiva de género, hay muchos elementos más que considerar para realmente saber si los efectos de tal acción están siendo los deseados o, por el contrario, otros con consecuencias negativas.

Para entender y analizar los resultados de la evaluación del salario rosa, primero es necesario entenderlo desde su estructura. El Programa de Desarrollo Social Familias Fuertes Salario Rosa (“salario rosa”) dio inicio en 2018 con el objetivo de contribuir a elevar el ingreso económico de las mujeres de 18 a 59 años de edad que habitan en el Estado de México, se encuentran en condición de pobreza, se dedican al trabajo del hogar y no perciben remuneración por ello. Si bien la población objetivo son las mujeres en edad productiva que se dedican al hogar, el programa prioriza a aquellas que padecen mayor vulnerabilidad dadas algunas características, tales como: tener alguna discapacidad, ser repatriadas, ser jefa de familia o ser mujer cuidadora de hijas e hijos menores de edad o de mujeres privadas de su libertad por resolución judicial.

Durante los últimos años, la cantidad de programas de transferencias monetarias, condicionadas o incondicionadas, que designan a las mujeres como las receptoras ha ido en aumento. Esto se debe a distintas razones, entre ellas, y principalmente, el consenso existente entre gobiernos y agencias internacionales de que la situación de pobreza afecta de manera distinta a hombres y mujeres, pues estas últimas presentan mayor vulnerabilidad para caer y permanecer en condiciones de carencias sociales (Cagatay, 1998; Meza et al., 2002). Sin embargo, que estas transferencias sean dedicadas a mujeres no necesariamente implica que sean elaboradas y evaluadas desde una perspectiva de género, mucho menos que todas sus implicaciones sean positivas.

Con base en supuestos básicos del cuerpo teórico de economía del trabajo, es posible anticipar que un aumento en el ingreso del hogar puede tener como consecuencia un aumento en las horas destinadas a actividades alternativas al trabajo remunerado, disminuyendo así la oferta laboral de las y los integrantes del hogar. En el caso del Salario Rosa, cuyo objetivo es atender el problema de pobreza multidimensional y, además, reconocer la labor no remunerada que las mujeres mexiquenses realizan dentro del hogar, al momento de evaluarlo también se debe pensar en si realmente está generando un mayor nivel de bienestar o si, al contrario, está generando distorsiones en el acceso de las mujeres a otros beneficios.

Con ello en mente, examiné el efecto de los primeros dos años de aplicación del salario rosa sobre la participación laboral femenina del Estado de México a partir de los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), donde encontré que dicho programa tiene resultados negativos y estadísticamente significativos sobre la participación laboral de las mujeres en el mercado laboral (Bouchot, 2020).

Las implicaciones de estos resultados, en un contexto más amplio, son varias. En primer lugar, dado que el diseño del programa establece que la transferencia monetaria podría ser recibida máximo doce veces, es muy probable que las mujeres que hayan decidido abandonar el mercado laboral busquen reincorporarse a él una vez que dejen de participar en el programa y que, debido a su ausencia durante estos años, lo hagan en peores condiciones laborales. Así, los efectos del salario rosa sobre la participación laboral del Estado de México, podrían tener consecuencias negativas tanto en el corto como en el mediano plazo.

Por otra parte, es importante señalar que esta política pública, condicionada únicamente a mujeres amas de casa, no ayuda a distribuir de manera justa las tareas del hogar ni a debilitar las tensiones que los roles de género imponen en nuestra sociedad. A pesar de tener el acierto de reconocer la labor no remunerada, no logra que las mujeres liberen horas de su tiempo para integrarse al mercado laboral o para contar con más horas de ocio o descanso. Al contrario, perpetúa la idea de que ellas son quienes deben cumplir con las labores de cuidado y trabajo que las familias y hogares requieren.

Una mayor participación laboral femenina es deseable no sólo en términos de equidad para la búsqueda de una sociedad más justa, sino que existe evidencia del efecto positivo que tiene también sobre el crecimiento económico. En este sentido, son necesarios mayores y mejores programas de desarrollo social que reconozcan todas las tensiones que moldean las decisiones de los agentes económicos y, de manera específica, de las mujeres. El “salario rosa” representa un buen primer intento en reconocer las actividades que las mujeres realizan día a día sin pago alguno, sin embargo, cuenta con varias debilidades en su diseño que tienen efectos negativos sobre el mercado laboral del Estado de México. Mayor investigación sobre el “salario rosa” —y, en general, sobre transferencias monetarias condicionadas a mujeres y programas de desarrollo social— es fundamental para mejorar la distribución de los recursos y su aprovechamiento para una mayor calidad de vida de las mujeres y de toda la sociedad.

Te invitamos a leer este artículo en Animal Político.

* Paulina Bouchot Viveros (@Pau_Bouchot) es Licenciada en Economía por El Colegio de México e interesada en temas de desigualdad, pobreza y seguridad humana, desde una perspectiva de género y con enfoque en derechos humanos.

Referencias:

Cagatay, N. (1998). Incorporación de género en la macroeconomía. Macroeconomía, género y estado, 5-31.

Meza Ojeda, A., Tuñónn Pablos, E., Ramos Muñoz, D. E., Kauffer Michel, E. (2002). “Progresa” y el empoderamiento de las mujeres: estudio de caso en Vista Hermosa, Chiapas. Papeles de población, 8(31), 67-93

Bouchot P. (2020). Efecto del Programa “Familias Fuertes Salario Rosa” sobre la participación laboral femenina del Estado de México.

Secretaría de Desarrollo Social del Estado de México. (2022). Programa de Desarrollo Social Familias Fuertes Salario Rosa

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