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Economía feminista mínima para la igualdad

  • Acá algunas ideas de por dónde empezaría yo con una agenda de economía feminista para la igualdad sustantiva, útil para toda persona que busque ganar un cargo público con el voto popular este año o el próximo.
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FOTO: GRACIELA LÓPEZ/ CUARTOSCURO.COM

Estamos a escasos siete meses para que inicie el proceso electoral federal 2023-2024, ése en el que elegiremos presidenta o presidente, 500 diputadas/os, 128 senadoras/ores, sobre la base de filias y animadversiones políticas, pero también sobre la base de una campaña electoral que debiera tener más de una dimensión (la política), para desdoblarse en propuestas muy concretas  que mejoren la calidad de vida de las personas.

Aprovechemos que, además de las  federales, en el verano de 2023 habrá elecciones de gobernadora en el Edomex y en Coahuila (donde también renuevan su congreso estatal), y comicios locales en 2024 en 30 de 32 entidades federativas, incluyendo 8 gubernaturas y una jefatura de gobierno.

Acá algunas ideas de por dónde empezaría yo con una agenda de economía feminista para la igualdad sustantiva, útil para toda persona que busque ganar un cargo público con el voto popular este año o el próximo, en un país donde el 52% de la población somos mujeres:

1.  Empleo de calidad, con prestaciones, incluidas las guarderías y estancias infantiles, para más personaspero en concreto para más mujeres; no asignar sólo transferencias directas, que no permiten que quien pueda y quiera salir a trabajar lo haga con tranquilidad sobre quién cuida a sus infancias. Hay muchas otras personas en casa a quién cuidar, desde niñas y niños en edad escolar, personas que viven con impedimentos o discapacidades, personas enfermas y de la tercera edad.

En México tenemos una tasa de participación laboral femenina mucho menor a la de muchos países latinoamericanos. No quiere decir que las mujeres mexicanas no trabajamos. Sí que lo hacemos en labores no remuneradas: en promedio, 2.5 veces más que los hombres. La crianza, los cuidados de miembros de la familia que requieren acompañamiento y atención, como enfermos o ancianos, además de otras las labores domésticas que nadie paga.

Es un problema del uso del tiempo, con un componente cultural en algunos casos, sin duda, pero alimentado y perpetuado porque no se asigna presupuesto, tiempo legislativo ni atención generalizada. El empleo formal, el que cuenta con un vínculo laboral reconocido entre las partes, conlleva hasta 6 veces mayor productividad y mayores salarios, mejores prestaciones, ahorro para el retiro. Y para quien crea que es que las mujeres optan por quedarse en casa, les recuerdo que las mujeres mexicanas en EUA tienen también una mayor participación en el empleo remunerado que las mexicanas en México.

2.  Promoción del ahorro para el retiro, con miras a reconocer que las mujeres tenemos una mayor esperanza de vida que los hombres cuando hay un mínimo de inversión en salud pública.

Las mujeres, en números redondos, no parecen ahorrar tanto como los hombres, porque en general las mujeres ganamos menos que ellos, ya sea porque accedemos en menor proporción a posiciones gerenciales, o porque necesitamos empleos con mayor flexibilidad para atender labores domésticas y de cuidados. Sin embargo, cuando se compara a las mujeres y a los hombres ocupados en el mercado laboral, ellas ahorran un poco más que los hombres. Es decir, el ahorro está asociado al ingreso, pero también a la condición laboral.

Considerando que en México -y el mundo- la esperanza de vida de las mujeres es mayor que la de los hombres, imaginemos un mundo donde el ahorro para el retiro deba hacerse parte de la cultura laboral de todas las personas, pero también se promueva la equidad salarial, así como la promoción de más mujeres a espacios de toma de decisión. Y en tanto esa difícil transición ocurre, pensemos en esquemas para que la pensión universal o la pensión por cónyuge incorpore este hecho biológico incontrovertible que es que las mujeres tienden a vivir más que los hombres.

3.  Financiamiento para la salud pública, pero en concreto para la detección y atención del cáncer en mujeres.

Si bien la esperanza de vida de las mujeres es mayor que la de los hombres, con los datos del INEGI respecto al exceso de mortalidad en 2022 destaca un incremento en la mortalidad femenina por arriba de la masculina, fenómeno sin precedentes en la pandemia y en la historia más reciente del país.

Este hecho, más que deberse a una mutación en la resiliencia genética de las mujeres, muy probablemente se deba a una menor atención del sector público en salud hacia las personas que carecen de seguridad social. Es decir, las mujeres trabajamos más frecuentemente en empleos informales, sin seguridad social, con peor paga, sin acceso al ahorro para el retiro ni a la protección de la salud.

Por otra parte, dado lo anterior, las mujeres son más propensas a vivir en pobreza que los hombres. Por ejemplo, en 2022, por cada 10 hombres en pobreza laboral, en México había 11 mujeres viviendo en esa misma situación.

Sumando la pobreza y los menores ingresos, la propensión a necesitar servicios de salud universales es mayor para las mujeres, y esa cobertura universal de salud se ha venido deteriorando. Sólo entre 2018 y 2020 aumentó el porcentaje de personas son acceso a servicios de salud en 75%.

Si a ello le sumamos la falta de medicamentos y de estudios de detección de tipos de cáncer curable si se detectan y atienden a tiempo, que ha aumentado para infancias y mujeres adultas en esta administración, tenemos una combinación fatal para miles de personas.

4.  Garantía de representación en los espacios donde se toman las decisiones, tanto públicas -que ahí la llevamos- como privadas, que es donde aún hay un mayor rezago, y que acaba traduciéndose en techos de cristal y reglas a modo para que sólo lleguen hombres a las posiciones de poder.

A nivel nacional, la paridad de hombres y mujeres en congresos locales es muy loable, y en enrolamiento educativo hasta secundaria es muy similar entre niñas y niños.

Pero existe la misma paridad en espacios de toma de decisión: hoy en día hay 9 gobernadoras de las 32 entidades federativas. Mucha paridad narrativa en el gabinete presidencial, pero no hay presupuesto para el sistema nacional de cuidados, que ya cuenta con la mitad del trámite para una actualización constitucional pero no con recursos, marco legal, leyes secundarias o un plan de implementación a nivel federal. En los estados, los esfuerzos locales son muchos pero desarticulados e igual llaman “sistema de cuidados” a transferencias directas que a permisos de paternidad y maternidad sin una estrategia para que los cuidados no sean sólo para infancias sino para toda la población que los necesita.

En el sector privado el rezago es aún mayor, y la presencia de mujeres en consejos directivos, direcciones generales y otras posiciones de verdadero poder siguen siendo testimoniales. En los discursos hay muchas “primeras mujeres” dentro de estos espacios, muchos “por primera vez en la historia una mujer encabeza” y muchos “si ella pudo, todas pueden” en vez de detenerse a analizar que no queremos un camino excepcional sino uno de oportunidades para todas las personas.

Tomando en cuenta esta agenda mínima, podemos alcanzar una igualdad sustantiva entre hombres y mujeres en menor tiempo, promoviendo una mayor libertad económica para las mujeres y, con ello, cerrar las brechas más pronto que en los 67 años que augura el Foro Económico Mundial.

Te invitamos a leer este artículo en Opinión 51.

@Sofia_RamirezA

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